Anatomía de una (re)caída

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Lámina anatómica antigua de una cabeza humana de perfil, seccionada, con la cavidad craneal llena de luz dorada que desciende por la médula espinal.

He recaído. De ahí mi silencio de todos estos meses. He recaído muy duro, mucho más que la primera vez, y todavía no termino de levantarme. Llevo meses con el título de este post esperando en los borradores del blog, incapaz de contar lo que me pasó. Hoy sí.

Durante la manía publiqué aquí dos posts que después retiré. Contaba mi paso por el hospital y mis brotes psicóticos en un tono luminoso, positivo, como quien vuelve de un viaje. Aquello no fue un viaje.
Los quité cuando me di cuenta de lo que había escrito, y de que alguien que estuviera pasando por lo mismo podía leerlo como una falta de respeto.

No lo vi venir

Me sabía la teoría. Toda, y bien sabida. La medicación. La importancia del sueño. El ejercicio. La socialización. La terapia. Evitar el estrés. Llevo años con terapeuta y con psiquiatra, tengo un blog entero y un podcast sobre esto, ya había pasado una crisis y estaba convencida de que salir de aquella me había enseñado a reconocer la siguiente. Aunque este tema de saber reconocer los pródromos siempre me había preocupado un poco. 

Llevaba desde enero de 2024 en eutimia. Veintiún meses. Casi dos años estable, haciéndolo todo bien y funcionando.

Resulta que enamorarse también es un estresor. Uno que no eliges. Encima no era correspondido.

El enamoramiento fue mío. La obsesión en la que se convirtió, ya no. Y sospecho que ahí, sigilosamente, la enfermedad, como el agua, encontró su cauce. Ahí diría que fue el primer corte.

Lo que vino después sí lo puedo ordenar, aunque cuando lo estaba viviendo no
tenía ningún orden.

La pendiente

Empecé a meditar, mucho, demasiado. Empecé a ver señales en todas partes, siguiendo y viendo lecturas de tarot en Instagram como quien busca una profecía, y ahí recibía todas las respuestas a mis plegarias. Mi vida imaginaria se volvió muy rica y cada vez más importante, sobre todo por las noches. De día todo parecía “normal”. Seguía funcional, pero tocada por una iluminación espiritual importante. Y cómo no, estaba rodeada de personas que pensaban como yo, lo cual alimentaba mis creencias. Yo que en circunstancias normales no tengo sentido del olfato, empecé a oler cosas “invisibles”, cosas que nadie más podía oler, no me asusté. Me pareció un don. Hablando de dones, me habían “activado” el poder sanador de mis manos, por fin, ya que desde pequeña me habían dicho que mis manos albergaban un poder, “creando así realidades en mí”.

Luego hubo una sesión de hipnosis en la que alguien apeló a mi niña interior, y a partir de ahí, empecé a "recordar" episodios traumáticos de mi primera infancia, de cuando era un bebé. Lo más probable es que nunca ocurrieran. Mi cabeza los construyó y me los sirvió como verdad, con la misma seguridad con la que te sirve un recuerdo real.

Y aquellos recuerdos que probablemente nunca ocurrieron me apartaron de mi madre. No quise saber nada de ella durante semanas, convencida de que estaba haciendo un trabajo interior necesario. Y no solo la aparté. Hice cosas que todavía no soy capaz de escribir aquí.

El viaje a la luna

El primer brote psicótico fue solo el día en que aquello se hizo visible. Estaba convencida de que algo me iba a teletransportar a la luna. Y luego el cuerpo se me paró. No podía moverme, no podía hablar. Estaba ahí dentro y no salía nada.

Cuando por fin volví, me levanté y fui a la ambulancia por mi propio pie.

Y ahí es donde quiero pararme.

La psicosis no se me disfrazó de locura. Se me disfrazó de sentido.

No entró por la puerta de atrás. Entró por la principal, y se la abrí yo, encantada. Llegó con la cara exacta de lo que llevo toda la vida buscando: significado, sincronicidad, magia, señales, olores imposibles, memoria recuperada. Mi terreno. Lo que escribo aquí, lo que hago, lo que soy. Nada de aquello me pareció un síntoma porque todo aquello me parecía por fin la respuesta.

Y por eso no sirve de nada decirme que tenía que haber estado más atenta. Yo estaba atentísima. El problema es que hay un punto en el que la herramienta con la que te miras ya está contaminada, y entonces cuanto más te miras, más te pierdes.

El ingreso

En el hospital, al principio me hacía pasar por el profeta y me tuvieron que encerrar, pero pasé diez días allí y, en cuanto la medicación hizo efecto, me quedé tranquila y positiva, haciendo puzzles y socializando. No me importaba quedarme ni marcharme. Lo viví todo en manía, y en manía todo era bueno.

A los diez días estaba en casa. Sola.

Recibí una opinión médica de confianza: que la olanzapina (el antipsicótico que estaba tomando) quizá no fuera lo ideal para mí, y que lo consultara con mi psiquiatra para ver otras opciones. Un consejo prudente y con toda la buena intención del mundo.

La manía escuchó la primera mitad de la frase y borró la segunda.

Dejé de tomarla. No consulté con nadie. Me quedé solo con el litio, y no fue suficiente. Porque en manía hasta el buen consejo es peligroso: coge lo que le conviene y tira el resto, y encima lo hace con tu propia voz, así que parece que lo has decidido tú.

A partir de ahí, todo se acelera. Quedar con gente, la euforia, dormir poco, levantarme muy pronto para interpretar mis sueños, ver señales en todas partes, tomar decisiones drásticas como dejar la acupuntura o cortar toda comunicación con la persona de la que creía estar enamorada en una estrategia muy elaborada para que se diera cuenta de que en realidad sí me quería. Mis manos escribiendo solas sobre el papel. Estaba poseída.

El segundo brote

No pasaron diez días antes del segundo brote.

Fue una noche entera en blanco hablando con Dios. Me decía que mi sufrimiento en esta vida me había hecho merecedora del paraíso. Que en este universo yo me moría hoy, pero que en un universo paralelo viviría mi vida soñada, con mi hija y con mi padre.

A primera hora de la mañana, mi padre llamó para ver cómo estaba.
Lo que oyó al otro lado bastó para que llamaran al 112.

Y esa es la única conclusión práctica que tiene todo esto, y no me gusta, pero es la que hay: yo no lo vi. Lo vieron los que estaban fuera. Con toda mi teoría bien sabida, con todos mis años de terapia, la que no podía verlo era yo, precisamente yo.  

El segundo ingreso no se pareció en nada al primero. Doce personas viniendo a buscarme cuando yo estaba tranquilamente sentada en mi salón, sin entender nada y pensando en los peores escenarios posibles. Me opuse. La oposición fue solo verbal, pero acabé atada de pies y manos en la ambulancia, en el box de urgencias y por la noche para dormir.

Un mes y dos semanas.

De ahí salí con un diagnóstico nuevo y con un tratamiento que me dejó, durante meses, encerrada en otro sitio del que tampoco podía salir: mi propio cuerpo. Pero eso te lo cuento en otro post, porque merece uno entero. 

Todo esto empezó en octubre de 2025. Estamos en julio de 2026 y todavía no me he repuesto del todo. Sigo con síntomas residuales de la depresión, con momentos regulares y momentos peores.

Nunca pensé que algo así me pudiera pasar después de haber "salido" de la primera crisis. Aquella vez no hubo hospitalización. Esta se me fue de las manos, y no la vi venir. 

Todavía estoy tratando de averiguar cómo levantarme después de un episodio así.