Más que un brote psicótico, una liberación
Un testimonio real sobre cómo un brote psicótico se convirtió en un punto de inflexión hacia la sanación y el autoconocimiento.
Ayer recibí un comentario sobre mi último post sobre el brote psicótico y el ingreso que me hizo pensar que debería compartir con más detalle mi experiencia en las diferentes fases de la enfermedad, empezando por esta última.
Lo que me pasó fue un brote psicótico totalmente aislado de cualquier fase. Llevaba un año y medio en eutimia y ahora mismo vuelvo a ser yo, con un mínimo ajuste de medicación.
El comentario que recibí venía acompañado de un miedo al hecho de que fuera un brote “aislado”. Encontré esta página que explica con bastante detalle qué es un brote psicótico y las diferentes razones que podrían llegar a desencadenarlo. Os animo a leerla para los que necesitéis más información acerca de lo que es un brote psicótico, está bastante completa.
Mi caso particular, como comentaba en el post anterior, fue debido a haber destapado todos los traumas de mi infancia de forma muy seguida, lo que supuso un nivel de estrés muy elevado y un impacto emocional muy grande.
No es habitual que eso pase en las personas, porque solemos tener un mecanismo de defensa que nos hace olvidar o rechazar el dolor.
Pero ese no fue mi caso. Si bien no era consciente de las consecuencias de lo que podría pasar, me enfrenté a mis demonios uno a uno en un lapso de tiempo muy corto. Volví a vivir los traumas y abusos de mi niñez como la adulta que soy hoy, y así pude liberarme de ellos. El precio que pagué fue perder pie con la realidad.
EL BROTE
Después de haber tenido un sueño muy controlado (e incluso medido y registrado con una media de 7 a 8 horas de sueño), la última noche antes del brote dormí 3 horas y 33 minutos (así lo indica mi rastreador de sueño). Me desperté con la idea de irme de viaje con mi hija a Cantabria, porque ella llevaba toda la semana pidiéndome ir. Estaban mis padres en casa, y a ellos no les apetecía.
Le dije que les íbamos a hacer una sorpresa, reservé un piso en Somo y le conté que mis padres vendrían con nosotras. Empecé a sacar todo para irnos de viaje: caos por todos lados, empezaba a sacar cosas varias y, de paso, a tirar lo que ya no me servía.
De repente, recibía instrucciones en mi cabeza: tenía que salir a las 4:44 de la tarde. Todo eran señales. Ya no nos íbamos a ir a Somo, sino a la Luna. Claro, a la Luna. Y para poder comprobarlo, tenía que usar un palo de incienso y colocarlo en la rendija de la lámpara de la habitación de mi hija para vislumbrar lo que nos iba a esperar ahí.
A la hora indicada, las voces me dijeron que me sentara en el balcón, específicamente entre dos árboles, con mi hija encima de mi regazo, para poder ser llevadas a la Luna. Mis padres, desconcertados, no entendían nada. Mi padre no se movía de mi lado: rezaba para ahuyentar al diablo de mi ser, porque yo no respondía ante nadie. Mi madre, origen de todos los traumas que habían vuelto a la luz los días anteriores, era mi enemiga. Ella amenazaba con llamar a la policía, cosa que hizo.
Yo no podía soportar su presencia. Le pedí que se fuera de mi casa, que saliera de mi vida, y ella no se movía.
Lo que hice fue levantarme un momento, animada por esas voces en mi cabeza, para devolverle la moneda de los abusos que ella me infligió de bebé. Que la “yo adulta” tomara su venganza: la llevé a la fuerza a la habitación y la pegué. Ella se defendió, pero no había quien me parara. Le dije lo que había ido descubriendo y destapé secretos familiares muy profundos de golpe.
Volví a mi sitio para irnos a la Luna y ahí tuve un shock catatónico: mi cuerpo no respondía, me desvanecí sin perder el conocimiento, porque podía oír todo a mi alrededor, pero no podía moverme, abrir los ojos ni hablar.
Vino la policía, vino el SAMUR; oía todo y no podía reaccionar, pese a las técnicas de reanimación (muy dolorosas, por cierto), hasta que pude abrir los ojos, aunque seguía sin poder hablar. Me dieron una pastilla y me fui por mi propio pie a la ambulancia con la que, casualmente, viajaba la que fue una camarera de un restaurante al que me gustaba ir y a la que conocía.
Ahí ya pude recuperar el habla. Le expliqué lo que había pasado y le enseñé mi tatuaje. Le conté que yo era la reencarnación de Jesucristo (para mi padre, era la reencarnación del profeta Mahoma). En realidad, en ese momento, era la reencarnación de todos los profetas, incluido Buda y Sócrates (que para mí siempre fue uno de ellos).
Lo más increíble es que en esos momentos desprendes algo tan magnético que nadie pone en duda que lo que dices no es real.
Llegamos a urgencias y me vio el primer psiquiatra, a quien le expliqué lo mismo (lo de mis reencarnaciones) y que tenía dotes de sanar (esto último es lo único que puedo decir que sí tengo). Le hice una demostración muy magnánima y, claro, directa a la planta de psiquiatría. Ahí me quitaron todo: ropa, móvil, bolso, todo. La pastilla que me dieron en casa me hizo efecto y me sentí medio zombi.
A todo esto, no había comido nada en todo el día. Por la mañana obvié la media pastilla de litio de rigor (nunca antes había fallado en una toma) y por la noche pedí mi pastilla de litio correspondiente, pero me la negaron. Me fui a la cama sin comer y sin tomar litio desde hacía 24 horas. (Insisto: este brote no surgió por un “salto” de media pastilla). Me despertaron dos veces esa noche: la primera para darme una pastilla “para dormir” (Olanzapina, un antipsicótico con efectos sedantes) cuando ya estaba dormida, y la segunda a las 4 o 5 de la mañana para hacerme análisis de sangre en los dos brazos... Un poco paradójico, considerando que lo más importante en estos casos es poder dormir para recuperarse.
A raíz del análisis, la primera reacción obvia fue pensar que había dejado la medicación. No fue el caso. Es un apunte importante, y aseguro que sería sincera si así fuera.
El primer día, el ambiente me recordó al libro/película Alguien voló sobre el nido del cuco. Muy surrealista. Yo estaba algo más tranquila, pero seguía con mi rollo de las reencarnaciones. Las voces me indicaban mensajes para algunos pacientes. Uno de ellos llevaba un tatuaje en el cuello que yo había visto el mes anterior en un sueño (y que de hecho había dibujado y escrito sobre ello). Todo eran señales.
Los mensajes, escritos a través de mi mano, no eran míos: yo estaba poseída por Dios en ese momento. Lo más curioso es que esas personas, no particularmente estables, salieron de alta unos días más tarde.
Pero el personal de la planta, al interceptar esas cartas escritas por Dios, decidió que yo era un peligro para los demás pacientes y me tuvieron encerrada en la habitación. Para mí, todo tenía un para qué, así que procuré colaborar.
Una noche, mi intención era volver a la Luna. Las instrucciones eran muy sencillas: tenía que dejar de respirar. Mi cuerpo inerte se quedaría ahí tumbado, pero yo me iría a esa luna prometida. No hace falta decir que no lo conseguí.
Las visitas que recibí me vieron en mis delirios, con mi cuerpo y mente poseídos, hasta que, por fin, al cabo de unos cuatro días aproximadamente, empecé a volver un poco a mí y a poder llevar una vida normal dentro de la cuarta planta (de psiquiatría). Ahí socialicé, tanto con las enfermeras y la psiquiatra como con los pacientes. Hice amistades, hicimos dos puzzles, volvió la versión de mí que reúne, la que es compasiva, la que consigue que los grupos se junten e integrar a todas las personas por igual. A partir de ahí, el resto de mi semana fue, diría, hasta muy agradable.
Salí de alta diez días después del ingreso, sintiéndome “normal”, como antes del brote, pero con una experiencia muy lejos de ser traumática: primero, una lección de humildad. Un brote psicótico le puede pasar a cualquiera, independientemente de un trastorno (aunque, obviamente, tener trastorno bipolar es un factor que puede acelerar el proceso). Por otro lado, quiero saludar la labor del ala de psiquiatría del Hospital Infanta Sofía, donde estuve ingresada. Por la atención recibida (quitando la primera noche, que una vez que pude ser “persona”, logramos llegar a un equilibrio), por las amistades que ahí nacieron, por las increíbles personas que se me dio la oportunidad de conocer.
Mis traumas han sanado. Ha tenido que ser con esta implosión, sí, eso parece. Estoy bien ahora, y sé que me va a tocar trabajar con mi terapeuta en la parte más del día a día. Pero, en esencia, ese brote, por muy escabroso que te haya parecido, ha sido parte de mi sanación. Mirar hacia dentro y enfrentarme a mis demonios me ha liberado. Estoy agradecida a toda la planta de psiquiatría y a mí misma.
El reconocimiento de unx mismx pasa por eso también: por desbloquear los traumas enterrados, por aguantar y observar el dolor, y así poder quitarse el sufrimiento y los síntomas que el cuerpo nos grita desde dentro. Sin contar con la sanación de las generaciones venideras.